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Antígona muere en Gijón

Alumnos y profesores del Instituto Doña Jimena reflexionan sobre los problemas del presente a partir de la tragedia de Sófocles
11-03-2013 09:38
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Una de las escenas clásicas protagonizadas sobre las tablas del Doña Jimena.

Una de las escenas clásicas protagonizadas sobre las tablas del Doña Jimena.

A las puertas de Tebas luchan Eteocles y su hermano Polinices, hallando la muerte uno a manos del otro. El rey Creonte ordenó que Eteocles fuera enterrado según mandaban las costumbres, pero prohibió que se diese sepultura a Polinices, que había luchado contra su patria con la ayuda de extranjeros. Antígona, hermana de Eteocles y Polinices, se negó a obedecer la impía prohibición porque consideró que el deber de dar sepultura a los muertos, en especial si son parientes, es un deber sagrado que está por encima de las leyes de los hombres. Antígona vertió un puñado de polvo sobre el cadáver de Polinices, un gesto ritual con el que cumplía con su deber religioso, y por eso fue condenada a ser enterrada viva. Antes, Antígona se ahorcó en su prisión y Hemón, su prometido, se suicidó sobre su cadáver, lo mismo que Eurídice, la esposa del rey, presa del dolor y de la desesperación. Estamos en Gijón. Marzo de 2013.

El deber. La defensa de unas leyes no escritas que ninguna voluntad humana, ni siquiera la voluntad de un rey, puede prohibir. La decencia. El sacrificio. El poder del amor. El arrepentimiento. La culpa. «Antígona» es una tragedia de Sófocles que fue escrita en el siglo V a. C., pero plantea problemas y preguntas tan actuales que unos estudiantes de Bachillerato del Instituto gijonés Doña Jimena se permitieron el lujo de llenar el salón de actos para plantear esos problemas y esas preguntas a los descendientes de Antígona, de Creonte, de Hemón y de Eurídice. El deber. La decencia. El sacrificio. El amor. La culpa. ¿Se puede perder el tiempo con los clásicos griegos en estos tiempos de crisis, de prima de riesgo, de mercados idiotas, de miedo y de dolor? ¿Por qué Elsa Vilabella, Alba Pérez, Yolanda Abarrio, Gloria García, Paula Fernández, Alejandro Fernández, Ignacio Sellán, Lydia de Arriba, Eva Álvarez, Julia Menéndez, Cristina Vigón, Giovanna Sánchez, Alma Toral, Sandra López, Cristina Ibáñez y Martín Cossy, los jóvenes actores que reinterpretaron la tragedia de Antígona en clave de memoria histórica, según la genial vuelta de tuerca propuesta por la profesora María Victoria Rodríguez, decidieron regalar a sus profesores, a sus compañeros, a su padres, madres, abuelos, abuelas, amigos, amigas y público en general cuarenta minutos de teatro clásico? ¿Por qué? ¿Por qué volver a Sófocles es mejor que tirarse a la piscina con Falete en «Splash!»? ¿Por qué es más interesante? ¿Por qué es más hermoso? ¿Por qué Alba Pérez, una joven estudiante de segundo de Bachillerato que quiere ser matrona, interpretó a Antígona con la emoción y la intensidad que merece la heroína de la obra de Sófocles en vez de correr a apuntarse a la cola de «Gran hermano»? Porque, como sabía Santo Tomás de Aquino, lo que hace feliz al alma se encuentra fuera del alma. La felicidad no está en mirarse a uno mismo mientras mira a Falete o a los vagos de «Gran hermano», sino en, por ejemplo, mirar a los clásicos.

En el salón de actos del IES Doña Jimena compartieron escenario un grupo de jóvenes que se interpretaban a sí mismos (alumnos de instituto) y otro grupo de jóvenes que interpretaron la tragedia de Sófocles. Los alumnos acompañaban a Creonte, Antígona, Ismene, Hemón, Tiresias y los demás hasta su inevitable destino trágico y al mismo tiempo reflexionaban ante el público sobre lo que estaban viendo. De si Polinices debía o no ser enterrado a los muertos que perdieron la Guerra Civil española. Del ejemplo de Antígona a la ley de la Memoria Histórica. Del horror, la crueldad, la guerra y el odio en la antigua Grecia al horror, la crueldad, la guerra y el odio en nuestro tiempo. Al final, todos sufrimos con Antígona y lloramos con Creonte, el rey de Tebas, interpretado con sobrecogedor patetismo por el profesor de Historia Manuel Álvarez García. ¿Qué debemos a Grecia?, preguntan una y otra vez los ignorantes burócratas de los mercados con la insoportable chulería del que se sabe dueño del mundo. Le debemos todo a Grecia porque todos los que vivimos en esta parte del planeta Tierra somos griegos. Por eso entendemos tan bien a Antígona.

Las profesoras Carmen González y Ángeles G. Bango se encargaron de la imaginativa escenografía, y las profesoras Paz Suárez y Mari Luz Cienfuegos dieron elegante autenticidad al vestuario de los personajes griegos. No, señor ministro, no intente recortar porque nada de esta «Antígona» costó nada al Estado. La obra de Sófocles no está sujeta a derechos de autor y la adaptación fue de la casa; los decorados salieron de los almacenes del instituto; los vestidos, de la inagotable habilidad de las profesoras del departamento de Griego y Latín del Doña Jimena; y las interpretaciones, del entusiasmo de unos jóvenes que regalaron su escaso tiempo libre porque sí, porque les dio la gana, por placer y, sobre todo, por amor a Grecia. Aquí no hay nada que recortar. Y mucho menos el legado de Antígona.
 

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