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La OSPA en otro concierto admirable

La Orquesta Sinfónica del Principado cautiva con Richard Strauss y Mahler bajo la batuta del asturiano Pablo González
17-03-2017 02:09
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La OSPA, durante su concierto de ayer en el Jovellanos. MARCOS LEÓN

La OSPA, durante su concierto de ayer en el Jovellanos. MARCOS LEÓN

Gran concierto y gran entrada, conseguidos ayer en el teatro Jovellanos. La OSPA, bajo el patrocinio de LA NUEVA ESPAÑA, ofreció un sensacional programa, dirigido por el asturiano Pablo González. Orquesta enorme, la de ayer, parece que no quedó nadie en el banquillo.

Richard Strauss tuvo en su larga vida momentos musicales muy diversos. Experimentó la disonancia del siglo XX, pero a partir de su obra del Caballero de la Rosa la abandonó por un estilo más sereno, hasta que a los 80 años inesperadamente volvió a la música instrumental. Había conocido el éxito a los 18 años con un trabajo escrito en su adolescencia y a los 22 era uno de los directores más populares de Alemania. Como compositor dividió su tiempo entre escribir óperas y música sinfónica. Sus poemas sinfónicos, al estilo de Liszt, gustaron tanto que a los 35 años era famoso en el mundo entero. El que escuchamos anoche en el Jovellanos, Don Quijote, sigue la línea descriptiva a través de un brillante sonido orquestal, así es admirable el relato del enfrentamiento de don Quijote con el ejercito del gran emperador, o la batalla con los magos, o su locura. Curiosamente, el director, Pablo González, alto, delgado y enjuto, calzaba bien con el caballero de la triste figura. Sensacional la intervención como solista de Maximiliam von Pfiel, que con su violonchelo demostró su categoría musical. Ël era la voz de don Quijote, y la viola de Vicente Alamá, la de Sancho Panza. Fueron muy aplaudidos.

Paralelamente Mahler, a sus 25 años era el director de ópera más importante de momento. Pero sólo tenía 51 años cuando murió. Ya en su novena sinfonía se ve que le acecha la muerte por medio de prolongados meditaciones llenas de sentimientos otoñales. En la décima fallece sin llegar a terminar la décima, lo hizo Deryk Cooke. Pero su Adagio, un auténtico poema lírico, lo escuchamos ayer, con esa entrada tan expresiva de las violas. Luego, se va apagando su vida, al compás del llanto de los violines.

Volvió Richard Strauss como fin de programa con la sonata titulada Muerte y Transfiguración, en la que relata el sufrimiento de un chico joven antes de morir. La orquesta estuvo especialmente expresiva, con los metales y cuerdas graves narrando hasta su respiración. Al final con un pianissimo que es como un suspiro, se evoca la liberación definitiva de su alma.

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