Rutas BTT

A través del mundo mágico del musgo

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Piloña - Asturias

Un recorrido por el concejo de Piloña promovido y diseñado por el Club Ciclista Cayón

Infiesto, Víctor GUERRA
Rodando por Piloña, habitualmente con motivo del Festival de la Avellana de Infiesto, llaman la atención dos cosas. Por un lado, estos días otoñales, en los que no sin esfuerzo el Club Ciclista Cayón organiza una marcha de bicicleta de montaña, tienen una luz y climatología especial. El pasado sábado era una densa niebla cargada de perladas gotas de agua que iban haciendo aparecer a los ciclistas como fantasmales caballeros de la encainada.
El otro aspecto que emociona es rodar por zonas donde la pátina del musgo lo impregna todo, rocas, árboles, carreteras… Es un mundo mágico por el cual se desfila con cierto miedo al resbalón, pero que ofrece sensaciones intensas no sólo de luz, también juegan un papel importante el color y el olor, que curiosamente sólo se encuentra con esa intensidad en Piloña.
En ese ambiente de niebla perlada de volutas cristalinas, tras la salutación del alcalde de Piloña, unos 90 ciclistas emprendieron la marcha al encuentro de la cita inexcusable con el monte Cayón. En esta ocasión se hacía por la vertiente oriental, tomando desde Infiesto rumbo a Soto, escoltados por la Guardia Civil y la Policía Local, y en formación de cuatro en fondo, aunque el personal se mostró algo reservón, pues se encaminó a ritmo tranquilo hacia el lugar de Soto. Tal vez pesaba en el ánimo el perfil de la ruta, con dos grandes picos de desnivel.
A uno, que ya está bregado en temas de rutas, no le preocupaban tanto las dos largas subidas del perfil como los piquitos que venían a continuación, a los cuales el personal no parecía prestar atención, pero que iban a ser la puntilla para más de uno.
En esa marcheta a ritmo de pelotón mañanero se produjo el reencuentro con los compañeros piloñeses. Con Trancho, de Gijón; el grupeto de Nordakas capitaneado por los Cuervo (padre e hijo); los Asturcones, que pasaron de «machadas por Cangas del Narcea» y prefirieron escenarios más tranquilos, Carlos «Fierros», Chus y otros, así como el grupo abundante de «patas peladas», finos como el alambre, que vienen de la carretera y de la competición de BTT y que nos miraban a los «pro» de antaño como a viejos dinosaurios. Todavía se podía ver alguna vieja reliquia de los vanguardistas años noventa «esguilar» por la Cuesta de Cayón arriba, hasta medio coronarlo, aunque la niebla no nos permitió gozar del paisaje.
La subida se hizo al tran tran, a base de firmes de tierra y hormigón, lo cual permitió poder subir los fuertes repechos que se van encadenando camino de Cadanés, donde la organización montó un pequeño control. Algún que otro desajuste en el ritmo cardiaco provocó por el esfuerzo algún que otro mareo.
En Cadanés salimos por su carretera para abandonarla pronto a la izquierda en La Cruz, rumbo Norte, para tomar por un viejo camino, de lo más espectacular del recorrido, lo que trajo alguna que otra montonera, pues piedras y barro no parecen hacer buenas migas con el personal biker de nueva ola. El escenario que recorríamos eran los predios del hombre de Sidrón, pues desfilamos al par de la cueva, algunos a la velocidad del rayo.
Llegados a Vallobal, seguimos hacia el Norte para doblar luego al Este por el desvío hacia Moñío. Los aldeanos disfrutaban de nuestros esfuerzos por subir sus caminos «rompepiernas», algunos hormigonados, que bajando daban pavor, pues eran el reino del musgo, gravilla y velocidad, una combinación mortal que se cobró su víctima.
Afrontábamos la segunda gran subida hacia los reinos de la caliza vieja del Sueve. Travesía dirección Este con repechos en los que, pese a los grandes desarrollos, algunos terminaron por echar pie a tierra, pues el esfuerzo era demoledor.
Camino de Cuareció me pegué a Cuervo (senior) para ir absorbiendo esencias de viejo ciclomontañero. Poco a poco, las laderas del Sueve, con los promontorios de Ordeyón y la Campucina, se nos fueron haciendo más nítidas e imponentes, pues el tiempo iba escampando y nos mostraba lo impresionante del paisaje piloñés.
El trabajo del Club Ciclista Cayón se apreció en el desbroce parcial para poder pasar hacia Sardea, una media ladera carcomida por los cotayales donde los viejos caseríos aún se resisten a entregarse al abandono total. Viejos muros por los que ha pasado toda una historia y que en pleno siglo XXI veían desfilar por sus predios una curiosa manada de ciclistas. En el pelotón, los maillots denotaban la presencia de los clubes, como el conjunto que portaban al estilo «cebra» los de BHToscaf, finos como espátulas; o los de Tempo Bike, los Nordakas o los clásicos Asturcones, sin olvidar a Tándem de Arriondas o a algún extraviado Pelayo BTT, además de los anfitriones del Cayón.
Llegar a la Corona Braniella fue una delicia, aunque algunos se fueran matorral abajo o se perdieran por la ladera de Diezu y Cuesta Antayu y otros fueran buscando bujío hacia Infiesto. La bajada hacia Robedo es un pispás, con la compensación de avituallamiento, dulce o salado, aunque era de lamentar un pequeño accidente en la bajada de un miembro de Tándem de Arriondas. Tras concluir la pitanza se puso rumbo Sur, por Granjas y Lloreo, tocando el límite del concejo a la altura de Fíos y metiéndonos en plena bajada por tramos de caminos de tierra y carreteras estrechas hacia Cereceda. Desde esta aldea nos echamos abajo, dando vuelta al Cueto Miyo y buscando la nobleza del palacio de Sorribas, para cruzar la N-634 a la altura de Sevares.
Pero todavía quedaba el otro turrón, el sube y baja de repechos a dolor y muerte que detrajo un buen número de participantes, que optaron por lo fácil de hacer la última parte del recorrido por la carretera nacional. Y es que tras subir casi mil metros de desnivel había que ganar otros seiscientos a base de repechos por la Piñera, Mones hacia Villamayor, cuando estábamos tan cerca de la meta y, sin embargo, viramos hacia el Suroeste en dirección a Melarde y Valle. No eran terrenos de destreza técnica, sino y nuevos y viejos carretiles que nos iban dejando exhaustos a base de pequeñas rampas, que cuando eran de asfalto nos comían la moral y el desarrollo. Así concluimos en Infiesto tras casi cinco horas de trabajoso pedaleo.

Tipo de ruta: circular.
Recorrido: Infiesto-Soto-Cadanés-Vallobal-Sardeda-Robledo-Cereceda-Sevares-Mones-Villamayor-Valle-Infiesto.
Longitud: 43 kilómetros.
Desnivel acumulado de ascenso: 1.600 metros.
Horario: 4 horas y 30 minutos

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