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"Que Dios nos perdone" y el síndrome del cine borde

La película de Sorogoyen tiene personajes antipáticos, una trama de extremada crudeza y un final cortante que hiela la sangre al espectador
21-02-2017 10:14
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Roberto Álamo y Antonio de la Torre.

Roberto Álamo y Antonio de la Torre.

Hay películas que buscan a conciencia caer mal al espectador. Que hacen gala de ser bordes. Que se sienten seguras sacando al personal de su zona de confort. El cine de Robert Altman era un buen ejemplo. David Cronenberg es otro cineasta al que le encanta sacar de sus casillas a la gente. No hablemos ya de los hermanos Coen, especialistas en crear protagonistas insufribles. Incluso Billy Wilder tenia cierta tendencia a elegir personajes irritantes. De Ingmar Bergman o Michael Haneke mejor no hablar. Incluso Hitchcock tiene alguna perla en ese sentido, como "Extraños en un tren". El cine español siempre ha sentido una especial querencia por ese tipo de películas cáctus. Berlanga, Buñuel, Saura, Camus, De la Iglesia, Gutiérrez Aragón, Gonzalo Suárez... No pasa un año sin que haya un título con espinas envenenadas.
Este año se lleva la palma "Que Dios nos perdone". Excelente. Incomodísima de ver.
Los dos protagonistas son policías. Uno de ellos, Roberto Álamo, es violento, irracional, salvaje en ocasiones. Sus compañeros le temen o le odian, o ambas cosas a la vez. Le desgració la vida a uno. Tiene una vida familiar en ruinas y le encanta escucharse hablar. De los que sacan la mano a pasear primero y preguntan después. Con su propio código del honor, que a veces degenera en horror. Seguramente no es mal tipo en el fondo pero a nadie le apetece irse a tomar unas copas con él, no vaya a sufrir un cortocircuito o se ponga a contar anécdotas interminables. Arroja sillas contra las paredes y ni siquiera es un buen policía (así le va al final), aunque voluntarioso lo es con ganas. Álamo lo borda haciendo de borde, y cuanto peor lo pasa menos simpatía provoca.
Antonio de la Torre es tartamudo, muy reservado y de mirada torva. A saber cuántos demonios oculta en su interior. No hay problema en aceptarlo como ser sufriente hasta que se propasa con la limpiadora del portal con un gazpacho de por medio. Su lado oscuro sale a la luz cuando todo parecía ir sobre ruedas y de golpe y porrazo se convierte en otro personaje al que detestar. Habrase visto. Incluso su "romance" se muestra siempre esquinado y espinado, con ella de espaldas en la cama, ausente, lejana, intrusa en una vida de palabras entrecortadas y sentimientos desangrados.
Si esos son los "buenos" imaginen cómo es el malo. Un asesino y violador de ancianas. El director, Rodrigo Sorogoyen (mucho talento ahí, sin duda) no escatima escenas escabrosas, autopsias incluidas. Las escenas de acción, lejos de ser espectaculares, tienden a mostrar la torpeza de los policías. Nada épico. Y cuando llegamos al tramo final,se descuelga con una solución tajante para uno de ellos que deja al espectador helado. Tiritando. Como le ocurre a De la Torre en la escena final, lluviosa, gris, desapacible como una venganza largamente ansiada.
La película concluye de forma abrupta y sin dejar asidero emocional alguno al espectador. Ahí te quedas, parece decir la aparición del título a modo de conclusión desoladora de la historia. Sin supervivientes, sin moraleja, sin esperanza, sin sentido. La vida como callejón sin salida. Bienvenidos a la pesadilla.

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