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Lecciones gratis de periodismo impartidas por Bogart

La película "El cuarto poder" contiene un combativo mensaje más vigente que nunca de ética, profesionalidad y coraje
20-06-2017 09:27
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Bogart.

Bogart.

El cine clásico, cuando es bueno, no pasa nunca de moda. Y cuando ese cine clásico encierra, además, mensajes humanistas de primera calidad, su vigencia es inmarchitable. Hay muchos ejemplos, pero quizá uno de los que más conviene rescatar hoy, en estos tiempos de posverdad y embustes pescados por las redes sociales, sea el de la película "El cuarto poder" (Deadline-U.S.A, 1952), una cinta que, siendo comprensivos con algunas de sus ingenuidades, debería programarse en las facultades de periodismo para que los alumnos tengan claro lo que debe alimentar el oficio al que quieren dedicarse.
La dirigía un liberal rocoso como Richard Brooks y, en ella, Humphrey Bogart no era esta vez un detective de voz sardónica y gesto desdeñoso o un malo de labio turbio que petrifica a quien se le ponga delante con sólo alzar una ceja o un galán triste en "Casablanca". Interpretaba al director de un periódico de cabecera concisa "El Día".

Bogart estaba con los buenos, con los profesionales íntegros y fajadores que se enfrentaban día a día a la corrupción en todas sus manifestaciones. Pero el diario corría un grave peligro: sus propietarios pretendían venderlo, lo que significaría embadurnar de porquería su cabecera y convertirlo en otro producto amarillista y zafio. Bogart era un director ideal, demasiado idealizado tal vez, que siempre tiene respuesta sabia para todo, que defiende a su personal a capa y espada y lucha por llevar a la primera página lo que de verdad importa a la sociedad. Un profesional, por otro lado, que arrastraba muchos de lastres también: cansancio, escepticismo y muchas dosis de soledad.

La amargura que destilaba entre líneas esa película de buitres todopoderosos y víctimas indefensas ante las presiones de los tres primeros poderes contrastaba con el ambiente de trabajo casi heroico, el director que se pelea a titular partido por sus periodistas, la camaradería y el carácter casi de caballeros andantes que rodeaba una profesión temida, odiada y respetada a partes iguales. Además, la película acababa bien y eso siempre viene bien para reforzar la vocación.

Al final, las rotativas seguían su curso honesto y los papeles se llenaban con las noticias que alguien, en algún lugar, había intentado ocultar. Subrayemos como se merece la frase final que pronunciaba Bogart por teléfono al canalla que le amenazaba al otro lado de la línea para que no publicara la verdad: "Es la rotativa, amiguito, y no puede usted nada contra ella. Nada".

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